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Cultura

Historia del Nail Art

De los pigmentos antiguos a la uña contemporánea, el color siempre dijo algo.

Por Elena Gómez

Decorar las uñas es más antiguo que el esmalte en frasco. En distintas cortes, el color marcaba rango, ritual o simplemente el gusto de quien podía dedicar tiempo a sus manos. No era un adorno menor: una uña teñida se veía de lejos y formaba parte del aspecto público de una persona.

En el antiguo Egipto se usaba henna y otros pigmentos para llevar las uñas hacia el rojo. Las crónicas populares asocian esos tonos con figuras como Nefertiti y Cleopatra, y aunque el detalle exacto de cada receta se ha perdido, la idea permanece: el rojo era un color de presencia. No se elegía al azar ni se ocultaba.

En la antigua China, las mezclas de cera, clara de huevo, gelatinas y pétalos buscaban brillos metálicos y tonos que tardaban horas en fijarse. El proceso era lento y estaba reservado a quien tenía servicio y tiempo. Esa lentitud explica por qué la uña decorada fue, durante siglos, un signo de ocio tanto como de belleza.

El siglo XX cambió la escala. El esmalte industrial, el francés moderno y después el gel llevaron el color de la corte a la calle. Lo que antes exigía un día entero pudo hacerse en una hora. Con esa accesibilidad llegó también la variedad: una misma persona puede usar un rojo clásico el lunes y un dibujo pequeño el viernes.

Hoy el nail art hereda esas dos líneas. Puede ser un símbolo discreto o una pieza de autor. Conocer la historia no obliga a copiar un estilo antiguo, pero ayuda a elegir con criterio. Un color sigue comunicando, y la mano que lo lleva decide si ese mensaje es suave, festivo o deliberadamente visible.

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