
Cuidado
Cuidado en Casa
Lo que haces entre cita y cita decide cuánto dura la manicura.
Por Sofía Rodríguez
La manicura sale perfecta del salón y empieza a vivir en la casa, el trabajo y el bolso. Esos días intermedios importan más que el último brochazo. Un diseño delicado no está hecho para abrir latas, rascar etiquetas o servir de destornillador. Usar la yema del dedo, no el borde de la uña, evita la mayoría de los desprendimientos.

Los guantes siguen siendo el cuidado menos glamuroso y más eficaz. Detergente, cloro y agua caliente atacan el brillo y reblandecen el producto cerca de la cutícula. Un par de guantes junto al fregadero cambia el resultado de una semana. Si escribes mucho o usas teclado, observa qué uña roza siempre la misma tecla: ahí suele empezar el desgaste.
Cada tres días, una capa fina de brillo transparente sella el color y disimula el microdesgaste de la punta. Aplícala sobre una uña limpia de crema, de lo contrario se marca y se levanta. No acumules capas gruesas para “arreglar” un despostillado: mejor alisar esa zona con una lima fina y después sellar.
La cutícula pide aceite a diario, aunque el esmalte de encima se vea intacto. La piel seca se agarra al borde del producto y lo levanta. Una gota, masaje breve y listo. También conviene no cortar la piel en casa entre citas. Un corte mal hecho se irrita y obliga a retrasar el siguiente servicio.
Guarda la manicura del agua larga: alberca, limpieza intensa o un día de cocina. Si vas a sumergir las manos, hazlo sabiendo que el brillo bajará y que convendrá renovar el top. Cuidar en casa no es repetir el salón. Es no deshacer en tres días lo que se construyó en una hora.



